El cristal que uso cuando siento la casa y la cabeza demasiado cargadas
- María Virginia Villamayor Dorotte

- 21 jul.
- 2 min de lectura
Martes de Cristales. Hay días en los que abrimos una ventana para renovar el aire. Otros, necesitamos encontrar un poco más de calma. Hoy quiero contarte por qué la selenita es el cristal al que siempre vuelvo cuando necesito hacer una pausa.
Hay días en los que abrimos una ventana para renovar el aire. Ordenamos la casa, cambiamos las sábanas...

Sin embargo, pocas veces pensamos en regalarnos unos minutos para ordenar también nuestro mundo interior.
Hoy llueve en Uruguay y, mientras miraba el día desde la ventana, automáticamente fui a buscar mis barras de selenita. Siempre hago lo mismo cuando siento que necesito bajar un cambio. Y cómo siempre digo, no porque crea que un cristal resuelva todo. Sino porque me ayuda a recordar algo mucho más importante: hacer una pausa.
¿Qué tiene de especial la selenita?
La selenita es uno de los cristales más conocidos por asociarse con la claridad, la calma y la sensación de liviandad.
Muchas personas y me incluyo, la utilizan para acompañar meditaciones, momentos de introspección o simplemente para crear un ambiente más sereno en el hogar.
Más allá de las creencias personales, me gusta pensar que los cristales funcionan también como pequeños recordatorios de nuestras intenciones.
Cada vez que veo la selenita recuerdo volver al presente.
Y eso, para mí, ya tiene un enorme valor.
Mis barras mágicas
En casa tengo dos barras de selenita. (Foto en este artículo).
Yo les digo, entre risas, mis barras mágicas.
No porque hagan magia por sí solas, sino porque cada vez que las sostengo entre las manos me recuerdan detenerme unos minutos, respirar profundo y volver a mí.
Hay rituales que no llevan más de un minuto y, aun así, pueden cambiar completamente cómo vivimos el resto del día.
Cómo me gusta usarla
No existe una única forma correcta, pero estas son algunas de las maneras en que más disfruto incorporarla a mi rutina:
La dejo cerca de la entrada de casa.
La coloco sobre mi escritorio mientras trabajo.
La uso antes de meditar o escribir.
Apoyo sobre ella otros cristales durante algunas horas.
La sostengo unos minutos cuando siento la mente demasiado acelerada.
Son gestos simples.
Y justamente ahí encuentro su mayor valor.
Un pequeño ritual para hoy
Si tenés una selenita, tomala entre tus manos durante unos instantes.
Respirá profundo.
Soltá los hombros.
Inhalá lento.
Exhalá más lento todavía.
No hace falta hacer nada extraordinario.
A veces, recuperar un poco de calma ya es suficiente.
Afirmación
Hoy elijo hacer espacio para la calma. Libero el ruido, ordeno mis pensamientos y vuelvo a mí con serenidad.
Porque, al final, quizás la verdadera magia de la selenita no esté en el cristal.
Sino en ese instante en el que decidimos detenernos y escucharnos un poco más.
Con cariño,
Virginia.


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