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Ser auténtica para vivir en armonía: Taller de escritura emocional

  • Foto del escritor: María Virginia Villamayor Dorotte
    María Virginia Villamayor Dorotte
  • 11 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

Durante muchos años creí que para ser una “buena persona”, una mujer espiritual y luminosa, tenía que estar siempre bien. Feliz. En paz. Como si sentir enojo o tristeza fuera un desvío del camino del alma.

Entonces, sin querer, me fui tapando. Tapaba el enojo con sonrisas, el malestar con actividad, la incomodidad con frases positivas. Vivía buscando estar alineada, pero en realidad estaba fragmentada. En disonancia interna.


Lo que aprendí con el tiempo; y con mucho trabajo interno, con la meditación, el autoconocimiento y la escritura emocional, es que la armonía real no nace del silencio forzado, sino de la escucha genuina. Que no necesito fingir estar bien para ser espiritual. Que ser auténtica también es un acto sagrado.


Ser espiritual no es no enojarse


Es común asociar la espiritualidad con la calma constante. Pero ser espiritual no significa no enojarse, no llorar, no sentir frustración.

Ser espiritual, para mí, es poder estar presente con lo que hay. Con el cuerpo, con las emociones, con la historia. Es dejar de ponerle parches a las heridas y, en cambio, abrazarlas. Es reconocer que también soy humana. AMÉN


Escritura emocional: el canal que me liberó


La escritura emocional fue; y sigue siendo, mi refugio más honesto.

Por eso decidí unirla con la meditación y crear un taller que, así como me transformó a mí, pueda también ser una herramienta de liberación para otros.


Cuando me animé, por primera vez, a escribir lo que sentía sin juicio y sin filtro, me encontré conmigo.

Y fue tan liberador… uf, sí que lo fue.

Una puerta se abrió.

Una parte de mí, que estaba tapada bajo años de “tengo que estar bien”, por fin respiró.


Empecé a darme permiso para enojarme, para ponerle nombre a mis heridas, para reconocer los hilos invisibles de lo heredado.

Con el tiempo, y gracias a tanta práctica, hoy muchas veces no necesito siquiera escribirlo completo: lo detecto, lo nombro y lo suelto.


Pero al principio, necesitaba ponerlo en papel para no enredarme en mis propios laberintos.

Esos pensamientos que giran en círculos, que te atrapan durante días.

Escribir fue mi mapa de salida.

Y quiero que también sea el tuyo.


Cuando llegó el dolor más grande


Lo que viví con Joaquincito fue una prueba del alma.

Una herida abierta, profunda, que me atravesó el cuerpo y el espíritu.

Pero, aunque dolió como nada antes, ya venía preparada.

Había aprendido a sentir sin silenciar, a transitar sin tapar, a permitirme estar mal sin cuestionar mi valor.

Pasé por todas las etapas: el enojo, la rabia, la tristeza profunda, el miedo, la culpa (esa culpa que no es culpa, pero que te muerde por dentro).

Y en vez de resistirlas, las habité.


Lo que aprendí en el camino


Aprendí que estar viva implica sentirlo todo.

Que no necesito esconder mis grietas para que me amen, ni disfrazar mi dolor para seguir adelante.

Que hay belleza en el caos y que la calma no siempre se ve como imaginamos.

A veces, es solo un suspiro profundo en medio del llanto. O un “me permito estar así”.


Y aprendí también que la luz no es perfección: es presencia.

Es animarme a ser real, vulnerable, humana.

Es sostenerme cuando tambaleo y abrazarme cuando me pierdo.


Lo que la envidia viene a mostrarte


Uno de los sentimientos que más nos cuesta reconocer —especialmente si venimos del mundo espiritual o del “deber ser”— es la envidia.


Durante años pensé que era “mala” si sentía envidia.

Hasta que comprendí que sentirla no es el problema: lo importante es qué hacemos con eso.

La envidia aparece cuando algo en el otro nos muestra una parte nuestra dormida, postergada o negada. No es odio, es carencia expresándose.

No es necesariamente que quiero lo que el otro tiene: muchas veces es que me recuerda algo que deseo profundamente pero no me permito.


El problema no es sentir envidia.

El problema es quedarnos atrapadas en ella, alimentarla, mirar demasiado afuera sin hacer el trabajo interior.


La envidia es un espejo. Si la mirás con honestidad, te va a mostrar hacia dónde tenés que ir. Qué aspecto tuyo necesita espacio, acción, validación.

Es una emoción incómoda, sí, pero también una brújula.

Si la escribís, si te sincerás, vas a descubrir mensajes muy valiosos que tu alma te está susurrando hace rato.


Vivir sin disonancia


Hoy puedo decir que elijo vivir sin disonancia.

No porque tenga todas las respuestas, sino porque aprendí a preguntarme con honestidad.

Porque ya no me obligo a ser lo que esperan, sino que me habito desde lo que soy.


Cada etapa que atravesé; el duelo, el enojo, la autoexigencia, la maternidad, el vacío, el amor, la gratitud, me enseñaron y me enseñan a estar conmigo.

Y aunque a veces duele, prefiero una vida sentida antes que una vida actuada.


Para vos que estás leyendo esto


A lo que vengo con todo esto es a invitarte a no tapar más.

A que te escuches, te abraces y te permitas sentir lo que haya que sentir.

A que escribas lo que tenés guardado, lo que no decís en voz alta, lo que no te animás a mostrar.


Por eso, desde lo más profundo, quiero ofrecerte mi próximo:


Taller de Escritura Emocional - 4 encuentros


Un espacio íntimo para volver a vos, ordenar lo que sentís, darle un cierre a lo que duele o incomoda, y crear tu propia medicina con palabras.

No importa si lo que viviste fue muy intenso o solo una acumulación de emociones guardadas.

Este taller es para ayudarte a vivir en el presente, con liviandad, sin disonancia y con verdad.



🌺 La armonía no es una pose: es una decisión de vivir con autenticidad. Y cuando sos auténtica/o, todo en vos se alinea con el alma.

Cariños, Vicky.

 
 
 

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